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Jacinto O. Picón, Dulce y Sabrosa

Capítulo I

Donde se traza el retrato de don Juan y se habla de otro personaje que, sin ser de los principales, influye mucho en el curso de este verídico relato

Dijo uno de los siete sabios de Grecia, y sin ser sabio ni griego pudo afirmarlo cualquier simple mortal, que todo hombre es algo maníaco, y que la índole de su manía y la fuerza con que es dominado por ella, determinan o modifican cuanto en la vida le sucede.

Admitiendo esto como cierto, fácilmente puede ser comprendida y apreciada la personalidad de don Juan de Todellas, caballero madrileño y contemporáneo nuestro, cuya manía consiste en cortejar y seducir el mayor número posible de mujeres, con una circunstancia característica: y es, que así como hay quien se deleita y entusiasma con las ciencias, no en razón de las verdades que demuestran, sino en proporción del esfuerzo que ha menester su estudio, así don Juan, más que en poseer y gozar beldades, se complace en atraerlas y rendirlas; por donde, luego de lograda la victoria, viene a pecar de olvidadizo y despegado, entrándosele al alma el hastío en el punto mismo de la posesión.

En cuanto al origen de su apellido no cabe duda de que Todellas es corruptela y, contracción de Todas-Ellas, alias o apodo que debió de usar alguno de sus ascendientes, y que, andando el tiempo, se ha convertido en nombre patronímico. De casta le viene al galgo ser rabilargo, y a don Juan ser enamoradizo.

Como otros hombres se enorgullecen por descender de Guzmanes, Laras y Toledos, él se precia de contar entre sus abuelos al célebre Mañara, y si no dice lo mismo de Tenorio, es por no estar demostrado que en realidad haya existido: en cambio alardea de que, a no impedírselo las parejas de agentes de orden público, los serenos, el alumbrado por gas y otras trabas, hubiera sido cien veces más terrible que aquellos dos famosos libertinos.

Sin embargo, no es don Juan tan perverso, o no está tan pervertido como se le antoja, para vanidosa satisfacción de su manía; porque cuando algún mal grave engendran sus hechos, antes es en virtud de la fuerza de las circunstancias y de las costumbres modernas, que como resultado de su voluntad.

En una palabra: no carece de sentido moral, pero instintivamente profesa la doctrina de aquellos cirenaicos griegos que fundaban la vida en el placer. A ser posible, quisiera burlar a las mujeres sin deshonrarlas ni perderlas, aspirando el perfume sin ajar la flor, bebiendo en el vaso sin empañar el cristal; limitándose a enseñar a sus queridas lo que es amor, sin que luego en brazos ajenos tengan que sonrojarse por lo que hayan aprendido en los suyos. No es un seductor vulgar, ni un calavera vicioso, ni un malvado, sino un hombre enamoradizo que se siente impulsado hacia ellas, para iniciarles en los deliciosos misterios del amor, semejante a los creyentes fanáticos, que a toda costa pretenden inculcar al prójimo su fe.

Imitando al borracho que dividía los vinos en buenos y mejores, por negar que los hubiese malos, don Juan clasifica a las mujeres en bellas y bellísimas, y añade que las feas pertenecen a una raza inferior, digna de lástima, cuya existencia sobre la tierra constituye un crimen del Destino, por no decir un lamentable error de la Providencia. Sin embargo, antes de calificar de fea a una mujer, la mira y remira despacito, madurando mucho la opinión, pues sabe que aun las menos favorecidas de la Naturaleza se hacen a veces deseables, como acontece verse las almas empecatadas súbitamente favorecidas por la gracia divina.

Don Juan vive exclusivamente para ellas, o, hablando con mayor propiedad, para ella, pues cifra su culto a la especie en la adoración a la individua, en singular, porque jamás persigue, enamora ni disfruta dos mujeres a la vez, ni simultanea dos aventuras; diciendo que el amor es compuesto de estrategia y filosofía, y que jamás ningún gran capitán entró en campaña con dos planes, ni hubo verdadero filósofo que fundase sistema en dos ideas.

La existencia de don Juan es continuo pensamiento en la mujer: si duerme, sueña con ella; si vela, medita enseñorearse de alguna; si come, es para adquirir vigor; si bebe, para que la imaginación se le avive y abrillante, inspirándole frases apasionadas; si gasta, es por ganar voluntades; si descansa, es para aumentar el reposo de que nace la fuerza.

Según el estado de su ánimo y la índole de la conquista que trama, don Juan lee mucho, y siempre cosas o casos de amor. Conoce perfectamente la literatura amatoria, desde la más espiritualista, casta y platónica, hasta la más carnal, pecadora y lasciva. De cuantos autores han escrito sobre el amor, sólo a Safo rechaza; de cuantas tierras han sido teatro de aventuras eróticas, sólo muestra horror a Lesbos; de cuantas ciudades fueron en el mundo aniquiladas, sólo le parece justa la destrucción de Sodoma; y es tal y tan ferviente su adoración a la mujer, que, atraído por todas con igual intensidad, aun ignora cuál sea su tipo favorito, si el de la bacante desnuda, voluptuosa y medio ebria, que convirtió en lechos de placer los montones de heno recién segado, o el de la virgen cristiana que entregaba el cuerpo a la voracidad de las bestias antes que acceder a sentirlo profanado por caricias de paganos.

Circunscribiéndose a la época en que vive, no repara en diferencias sociales: siendo limpia y bonita, requiebra con igual placer a una menestrala que a una dama, y posee arte tan exquisito para lograrlas, que la más arisca y desabrida se convierte con sus halagos en complaciente y mimosa, infiltrándoles a todas en el alma, como veneno que voluntariamente saborean, aquel consejo de la Celestina: «Gozad vuestras frescas mocedades; que quien tiempo tiene y mejor le espera, tiempo viene que se arrepiente.»

Posee don Juan la envidiable cualidad de hablar y pedir a cada una según quien ella es, y con arreglo al momento en que solicita y suplica. La que reniega de la timidez, le halla osado, y comedido la que desconfía de su atrevimiento; con las muy castas observa la virtud de la paciencia, esperando y logrando del tiempo y la ocasión lo que le regatea la honestidad; a unas sólo intenta seducir con miradas y palabras; a otras en seguida les persuade de que los brazos del hombre se han hecho para estrechar lindos talles. Es religioso con la devota, a quien obsequia con primorosos rosarios y virgencillas de plata; dicharachero y juguetón con la coqueta, a quien agasaja con adornos y telas; espléndido con la interesada, y aquí de las alhajas; adulador con la vanidosa, romántico con la poética, mañoso con la esquiva; y se amolda tan por completo al genio de la que corteja, que sentando con ella plaza de mandadero, luego queda convertido en prior. Mientras ejerce señorío sobre una, la hace dichosa. Su cariño es miel, su amor fuego, sus deseos un continuo servir, sus manos un perpetuo regalar; y además de estas fecundas cualidades, que le abren los corazones más cerrados y le entregan los cuerpos más deseables, emplea dos recursos, en los que funda grandes victorias. Consiste uno en murmurar y maldecir de todas las mujeres mientras habla con la que codicia, y estriba el otro en ser o parecer tan discreto y callado, que la que peca con él le queda doblemente sujeta con el encanto del amor y la magia del misterio.

En las rupturas es donde mejor demuestra su habilidad. Lo primero que intenta, cuando quiere renunciar a una mujer, es persuadirla de que a ella no le conviene seguir en relaciones con él: ya invoca el temor a la murmuración y el respeto al decoro de quien le ha hecho feliz; ya, si ve pretendiente que la persiga, alardea de sacrificarse dejándola en libertad para que otro pueda hacerla dichosa. Si esto no basta, simula reveses de fortuna que le apartan de la que le cansa, con lo cual el hastío toma forma de delicadeza; o miente celos, fomenta coqueteos, tiende lazos, acusa de traiciones, provoca desdenes, y fingiéndose agraviado, se aleja satisfecho. Con las pegajosas recalcitrantes emplea, si son tímidas, la amenaza del escándalo; y si son de las feroces y bravías, lo arrostra valerosamente, cortando el nudo, como Alejandro, cuando no puede desatarlo. Finalmente, muchas veces acepta el cobarde pero seguro recurso de la fuga; asiste a la última cita, mostrándose tan rendido como en la primera, y desaparece groseramente, dejando tras sí la humillación y el despecho, que cierran las puertas a la reconciliación.

Los que conocen poco a don Juan creen que es un libertino vulgar, empeñado en jugar al Tenorio: en realidad, es un hombre que ha puesto sus facultades, potencias y sentidos al servicio de sus gustos, con el entusiasmo y la tenacidad propios del que consagra a un invento la existencia. Visto en la calle o el teatro, es un caballero elegante sin afectación, un buen mozo que parece ignorar la gentileza y gallardía de su persona; a solas con ellas, tan pronto resulta conquistador irresistible como villano medroso que desea rendirse. Dice que no es más diestro quien sabe vencer, sino quien acierta y aprovecha el instante de darse por vencido: y llegado aquel momento que, según un Santo Padre, sirve para renovar el mundo, no hay mujer que no le reconozca por señor, gozándose él en hacerles creer que le poseen cuando acaban de hacerle entrega de lo mejor que poseían.

Don Juan tiene treinta y tantos años, es soltero, por lo cual da gracias a Dios lo menos una vez al día, y vive solo, sin más compañía que la de sus criados. Uno entre ellos es digno de elogio: Benigno, el ayuda de cámara, que es listo, discreto, trabajador y hasta fiel, porque le trae cuenta la honradez. Nadie sabe como él llevar una carta a su destino, y, según los casos, dejarla precipitadamente o lograr en seguida la contestación. Es maestro en negar o permitir oportunamente la entrada a las visitas, y en cuanto a intervenir y ser ayudante y, tercero en aventuras e intrigas amorosas, no hay Mercurio ni Celestina que le aventaje.

Pero de quien conserva don Juan recuerdo gratísimo es de Mónica, cocinera que guisó para él durante muchos años. No era una fregatriz vulgar, sino una sacerdotisa del fogón. Instintivamente tenía idea de la alteza de su misión; nació artista, y sin haber leído a Ruperto de Nola, ni a Martínez Motiño, ni a Juan de Altimiras, ni a la Mata, ni a Brillat-Savarin, ni a Carême, sabía que quien da bien de comer a sus semejantes merece que se le abran de par en par en este mundo las puertas del agradecimiento y en el otro las del Paraíso.

En las épocas en que don Juan tenía buen apetito, Mónica se lo satisfacía con escogidos platos, que jamás le proporcionaron indigestión ni hartazgo; cuando desganado, le excitaba el hambre comprándole y condimentándole moderadamente lo que mejor pudiese regalarle el paladar. Si el calor del verano o los excesos amorosos le debilitaban, aquella mujer incomparable le preparaba caldos sustanciosos, asados nutritivos y sabrosos postres. Si, por el contrario, sabía que su amo gozaba de perfecta salud y traía conquista entre manos, guisaba para él, con abundancia de vinos generosos, especias y estimulantes que contribuyesen a su vigor, a su alegría y a sus triunfos. Mónica era ecléctica, es decir, no trabajaba con sujeción a la rutina de ninguna escuela, sino que las cultivaba todas. Con igual maestría guisaba los delicados y finos manjares franceses que los suculentos platos de resistencia a la española; tan ricas salían de sus admirables manos, por ejemplo, las chochas a la Montmorency o las langostas a la Colbert, como la castiza perdiz estofada o la deliciosa empanada de lampreas. Don Juan decía que apreciaba a su cocinera más que a su médico, porque éste le curaba las enfermedades a fuerza de pócimas y drogas, y aquélla le conservaba la salud con exquisitos bocados.

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